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lunes, 23 de abril de 2012

Día de Sant Jordi


Hoy, 23 de abril de 2012, en la festividad catalana de Sant Jordi, a falta de rosa roja, espiga de trigo o libro que dar -como es costumbre en esta fecha regalar aquí-, esta breve tinta movediza que hice hace unas semanas rodeado de amigos extensos, música y vino buenos, por haber sido compartidos con amenidad y sanos humos, de los que habla otro amigo siempre en sus mensajes. "Gente de Barcelona", se llama el dibujo.

jueves, 19 de abril de 2012

Alguna música


U N   B O L E R O   M U Y   L E N T O



Corté para blanquear su boca
unos cantos de cal. De los brocales
en que asomé los ojos, cales
vivas volaron de la roca.

Para aflojar los duros brazos
busqué flores enteras que dejaron
cortarse en rojos mazos.

Mis manos sus manos dibujaron
hermosas. De abras
empinadas saqué la oscuridad
y el agua de su vista. La unidad
de sus huesos con plata repasé.

Y no rocé su oído porque sé
que de nada le han servido mis palabras.


© Sigfredo Ariel.

martes, 27 de marzo de 2012

Cada alma es un circo



Tituló uno de sus libros Rhymes to Be Traded for Bread (Rimas para vender por pan), sin metáfora alguna, pues durante años declamó sus versos a cambio de comida –y bebida– de casa en casa. A veces se veía enredado en riñas en las fondas y cantinas donde actuaba. Relató algunos de estos incidentes en Adventures While Preaching the Gospel of Beauty (Aventuras mientras predicaba el evangelio de la belleza).

Su estilo de dramatizar la poesía era algo excesivo. Trató de vincular la síncopa del jazz con su escritura, a menudo en forma de versículo, rítmica, fácil de recordar, complementada en ocasiones con tambores y silbatos. Pintaba de negro su cara para declamar en público su poema El Congo, por el cual fue acusado de racista por hacer presunta burla del habla de los afroestadounidenses. Dedicó parte de su trabajo a exaltar figuras históricas y temas patrióticos. Definió su arte oratorio como “el más refinado vodevil”. 

Desde pequeño creyó sentir inclinación por la pintura. Aunque su trabajo nunca despertó el entusiasmo de los maestros que tuvo en Chicago y Nueva York, ilustró con sus dibujos portadas y páginas de sus publicaciones. Dedicó un volumen al arte del cine silente y escribió una novela «visionaria» de la que hoy nadie habla.

En 1925 casó con Elizabeth Cornner, de veintitrés años. Tuvieron una hija y un hijo. Mientras pudo, continuó declamando sus poemas –y parodiando los de otros autores– por ciudades y pueblos de Estados Unidos. Pero la poesía declamada había perdido para siempre su antigua popularidad, y eso lo deprimía. Se suicidó, abrumado por deudas, al ingerir un popular desinfectante de la  marca Lysol, especie de lejía de cloro, a los 51 años. 

Patricia Highsmith incluyó su breve y extraordinario poema The Leaden-Eyed (Los ojos que se apagan) en Extraños en un tren, novela que Alfred Hitchcock llevó al cine. En algún lugar he leído que fue un artista naïf, opinión que me parece relacionada más con su tendencia a la declamación teatralizada que con su obra. Allen Ginsberg, a quien le aprovecharon muchas de sus experiencias, no sólo histriónicas, le dedicó una página. 

Alguien ha dicho, festinadamente, que ha sido el ciudadano más notable de Springfield después de Homer Simpson y de Abraham Lincoln. El chileno Roberto Bolaño profetizó que Vachel Lindsay será un poeta de masas en el año 2101. 




                        Q U E   L A S   A L M A S   J Ó V E N E S

                           

                                                                                                               (Leyendo a Vachel Lindsay.)

 


Que las almas jóvenes se apresuren
en salvar de la corriente, el alud
o el tsunami,
la sombra de unas playas
souvenir que tuvo sentido alguna vez
pues por lo visto
la tendencia global es hacer tábula rasa
de cuanto albergue polvo
o signifique rebelión
de alguna forma.

Por ejemplo
el vaho de una persona
que despierta
a tu lado a mediodía
sin saber
que en aquella madrugada
hubo un escape de azufre
y amoníaco en la ciudad
y pudieron
como tantas veces ha sucedido
amanecer desnudos y abrazados
en un lugar
que en nada se parece a éste
–Hiroshima, Pompeya–
más tranquilos, es cierto
pero sin industria ya
ni ciencia ni amor
sin obra ni sabiduría.


Ese vaho de persona
no olvidar
ese vaho al lado tuyo
más dulce cada vez
sobre cosas que se desvanecerán
sin demasiado trámite
ya es algo.

Por lo pronto 
que las almas jóvenes se apresuren
en ordenar sus magros equipajes
para emigrar si quieren
a ciudades o países
más o menos lejanos
–a eso llamarán
quiméricas empresas.


Háganse tomar fotografías
en un bar, en un barco
a contraluz
no importa mire cada cual
hacia un punto distinto
incluso a otra persona.

Que las almas jóvenes
ostenten todo su orgullo
por supuesto, mientras tanto 
disimulen
si es que pueden
disimulen un poco
por favor.

(Manos de obra© Sigfredo Ariel, 2002)

Every Soul A Circus
VACHEL LINDSAY
(Spingfield, Illinois, 1879-1931)


sábado, 17 de marzo de 2012

Albores de la fabricación de pru en la Costa Daurada




Entre castillos

Hace una semana mi amigo Leo Góngora regresó de Cuba. La más temeraria de las quimeras que trajo fue la de preparar pru oriental en la villa marinera de Cambrils, donde vive. Para tal empresa acarreó hojas, raíces y yerbas imprescindibles: jaboncillo, bejuco ubí, jenjibre, raíz de China, canela en rama... Hirvió esos y quizás otros ingredientes en agua azucarada por un buen rato y luego lo puso a refrescar. Horas después, a falta de mejor envase, repartió el menjurje -con perdón sea dicho- en tarros de cristal de variada procedencia, tapados y puestos a la intemperie, como debe ser. 

Procura desde entonces aprovechar el soleil para calentar la ambarina mezcla negada a fermentar, aunque "ya debería haberlo hecho", según indica su -al parecer- vasta experiencia en el asunto. ¿Será por la temperatura, será por la humedad, será por la cercanía del Mediterráneo? No se explica. De pronto abre uno de los frascos, lo aproxima a su cara y se consuela diciendo "bueno, por lo menos huele a pru..."

Mientras lo veo trajinar melancólicamente con sus frascos de un lado a otro de la casa le comento que en La Habana Vieja conocí a varias personas que lo fabricaban y vendían a parroquianos del mercado de Egido, en su mayoría habaneros que poco o nada sabían del brebaje, en pequeñas y opacas botellitas. Al enumerar sus virtudes, los vendedores no olvidaban mencionar que el pru no sólo curaba toda dolencia del cuerpo, sino que era "mucho mejor que la viagra esa". Pero Leo no escucha. Coloca sus cuatro recipientes junto al radiador de la calefacción y me pregunta "¿y si los pongo junto al fogón directamente, bróder?" Qué sabré yo. Y ahí los ha puesto.

El pru de Leo madura -se supone que lo hace- entre muy buenos discos y muy buenas cervecitas hispanas, platos extraordinarios cocinados en un curioso artefacto de barro traído de Marruecos llamado tajin e interminables conversaciones comenzadas hace casi un par de décadas atrás (y la gente, cuando no habla de música, ¿de qué habla?, dijo Bola de Nieve con toda razón). 

A veces emprendemos caminatas más o menos largas por los alrededores vespertinos (ah de los atardeceres rojos, de Serrat) y levantamos castillos y castillos en el aire, cada quien a su modo, con ingredientes acarreados desde Cuba, livianos y breves, como los del pru. Pasamos no muy lejos de torres de piedra medieval -castillos verdaderos, como de los cuentos- en el raro invierno que vive este año Cataluña.



miércoles, 14 de marzo de 2012

Acerca del trabajo de las comisiones


Para Elisabeth Sarduy & Jaime Sarusky

Aunque tenía 
algún talento para la pintura
la comisión de la Academia 
dos veces lo ignoró

a pesar
de que aquellos
paisajes poseían
cierto aliento 
de boscajes del Rin
y los músculos
en sus bocetos
respiraban
con soberanía.




Anduvo 
con hambre
cinco años por Viena
y se juntó 
en antros de mala muerte
con insatisfechos sociales
que como él odiaban
a Marx, el tabaco, el alcohol
y al refractario
sistema educativo.


Leyó poco después
para infortunio nuestro
su primer panfleto 
antisemítico.

Aquel muchacho
se llamaba Adolfo.

Hitler.

(Recreos para la burocracia©Sigfredo Ariel, 2012)







martes, 6 de marzo de 2012

La gata mira llover




Absorta permanece
en la ventana
a la luz de una vela
sin comprender a Newton
sin el mínimo interés
por Newton
sino por la caída en tierra
y el sonido
ordinario del agua
extraordinaria.

A pesar de haber 
atravesado
experiencias ingratas 
-esterilización
visita de ladrones, la comida
hirviente que le echas 
poco antes de salir retrasado 
hacia el trabajo-
albergas pocas dudas:

ella forma parte de la parte
de la población del universo
que está sinceramente
en paz con Dios.

(Born in Santa Clara, ©Sigfredo Ariel, 2008)
Foto: Eddie Mayo.

jueves, 23 de febrero de 2012

Para ser cantado ante la boca de un güiro



Los negritos y blanquitos
del vecino barrio
marginal
se deslizan por los pocos
mármoles
que quedan
del viejo club marítimo
que fuera intervenido
a nombre
de un notorio sentimiento
popular y más tarde
abandonado, digamos
a su suerte.




Se suponía
que en esta fecha patria
no existiera
el barrio marginal
que ha crecido
y crece con soltura
en los márgenes
de grandes avenidas
por las cuales, entre
otros vehículos privados
pasan los mismos
dodges, cadillacs
y chevrolets
de hace cincuenta
años.


(Recreos para la burocracia, ©Sigfredo Ariel, 2012)





viernes, 17 de febrero de 2012

Feijóo



Apareció una tarde en la imprenta donde yo trabajaba con una enorme caja de libros suyos y revistas Orígenes, Nadie Parecía, Verbum, Asomante, Sur... y vociferó ¡Poeta juvenil, me voy a Calcuta! ¡Tengo una jaba llena de cold cream pa que no me pesque la lepra!

Me hizo salir a la calle para mostrarme sus regalos y explicarme su táctica infalible para no enfermar en la India: me subo a un elefante y a nadie le doy la mano, ni al pachá. 

Escribió un montón de dedicatorias de aquellos impresos con burlonas variaciones de mi nombre saliendo de la boca de personas o animales con tres o cuatro ojos, de guitarras guajiras y de locos saxofones, hasta que se cansó. Entonces desapareció tal como había llegado. 

En una de aquellas viejas Orígenes, de las primeras, leí un texto suyo -poema en prosa- que no he vuelto a encontrar, delicadísimo, titulado La azalea de papel, fechado en los años 40, cuando apenas salía de su adolescencia.

Recuerdo muchas de las frases que le escuché en mis andaduras junto a él por Pelo Malo o Cerro Calvo, modestas colinas que bordean a Santa Clara. Una de ella es esta: El hombre que se aparta de la naturaleza, cae en la desgracia


Balada india de Samuel Feijóo


Una tarde en Calcuta
sobre el lomo
de un elefante posiblemente
de jade contemplando
a las fieras desde lejos –porque
el leopardo es muy lindo
pero te jama– con un sombrero
de yarey tejido en el único
gran Camajuaní que tiene el mundo
mientras todos reían
de mis ocurrencias –a menudo
sangrientas del adentro
tristísimo– me sorprende
la memoria de una azalea
de papel que vi
en mi infancia / flor que vive
en una hoja de revista
renace una vez
cada mil años
en las estanterías
de viejos inmortales
que trafican con pieles
de leopardo
y los escritos
que va dejando uno
por ahí, dispersos
como bohíos
en el campo.


(Recreos para la burocracia, ©Sigfredo Ariel, 2012)




La peor de las peores

o acerca de la perversión de la autoestima



Regresábamos de una fiesta por la carretera vieja de Guanabacoa. Bajo la húmeda madrugadita, ella recibía aplausos y aplausos en la bocina de la reproductora del coche: inconcebible.

Despedazó primero La reina de la noche de La flauta mágica, de Mozart. Detrás de su voz, un piano batallaba por conservar cierta forma de decoro. Luego embistió a Verdi, acto seguido, a Strauss y después a Delibes, creo. Nota a nota, compás por compás, minuciosamente destrozados. La masacre musical continuaba su camino, impunemente. Del remoto público salieron bravos y más aplausos.

«Aunque no lo creas... fue un concierto en el Carnegie Hall», dijo sonriente Iván Giraud mientras conducía. Sin mirar alargó una mano hacia el control de audio para acallar un poco las aclamaciones de la invisible muchedumbre. «¿Qué te parece?» No respondí. Pero a partir de entonces quise saber todo lo posible acerca de la artista que por primera vez escuché esa noche.

Desde niña deseó convertirse en diva aunque las condiciones canoras brillaban por su ausencia. Para hacer su sueño realidad contó con una crecida suma que consiguió tras la separación de su adinerado marido –de quien nunca se divorció– y más tarde, la herencia que le dejó su padre. Ambos señores intentaron en vano disuadirla para que abandonara (dejara en paz) el canto, pero ella no era de las que se dejaban convencer.

Ofreció su primer recital en 1912, a los cuarenta y cuatro años de edad. A partir de entonces actuó, sobre todo, en escenarios de Newport, Washington y Boston. Las ganancias obtenidas iban a parar a organizaciones benéficas y a jóvenes músicos con apremios monetarios. Una vez al año cantaba en el vestíbulo del  Hotel Ritz-Carleton ante ochocientas personas convocadas por rigurosa invitación. Gustaba de los misterios y se reservó el nombre de su modisto, su peluquero y de su profesor de canto. 

En su repertorio erraban arias de ópera, canciones líricas, un grupo de composiciones escritas especialmente para ella, y alguna que otra pieza popular, como el cuplé Clavelitos, de Joaquín Valverde, que desgraciadamente no llegó a grabar, aunque fue uno de sus grandes éxitos. No me resisto a copiar aquí el testimonio de su sacrificado y fiel pianista Cosme McMoon, quien la admiraba:

«Insistía en tener una música introductoria, que le permitiera bailar un paso español en el estilo del fandango, una vez que aparecía sobre el escenario vestida con un enorme peinetón, una mantilla y un chal, y llevando una canasta llena de claveles rojos. A lo largo de la canción iba arrojando las flores al público, mientras recibía aplausos y gritos de ‘¡Ole!’ Esto, por supuesto, generaba un pandemonio por el que se veía obligada, casi siempre, a repetir el número al final de sus presentaciones. Y como había tirado todos los claveles, entonces solía pedirle al público que se los devolviera para poder hacer el bis como era debido. De este modo, muchos se los acercaban al escenario o se los arrojaban desde la platea, y sólo cuando volvía a llenar la canasta comenzaba de nuevo.»

Entre la alta sociedad de Filadelfia fundó el exclusivo Verdi Club, donde se impartían lecciones de música y se presentaban conciertos de celebridades de la época, como Enrico Caruso y Marion Talley. 

Organizaba galas en las que intervenía no sólo como cantante, sino en "cuadros vivientes" de escenas mitológicas, históricas o literarias en los cuales reservaba para sí, invariablemente, el rol de la heroína, Venus, Madame DuBarry o Brunilda. 

La llamaron “La primera dama de la escala deslizante” (First Lady of the Sliding Scale) y al parecer lo tomó como un cumplido. Nos dejó grabada, como testimonio de su disposición como compositora e intérprete, su lieder Like a Bird.



El anuncio de un recital de Florence Foster Jenkins en el Carnegie Hall en octubre de 1944 provocó una avalancha de público en las taquillas del teatro. Las entradas se revendían, triplicado y cuatriplicado su precio original. El provecho económico del concierto fue destinado al personal de servicio del teatro. 

Uno de los vestidos que estrenó en esa ocasión poseía unas enormes alas: “El ángel de la inspiración”, alguien explicó. Así aparece en la portada de –The Glory (????) of Human Voice (RCA Victor)– codiciado tesoro de coleccionistas, que recoge una docena de grabaciones suyas y de otros y otras "rivales". No se puede creer. 

Al mes de su concierto en el Carnegie Hall cerró los ojos para siempre. Sus últimas palabras fueron: Debió haber sido el pollo a la crema.

Hay quien dice que "el caso Lady Florence" fue una tomadura de pelo que duró treinta y tantos años. Yo creo que no, que fue un prodigio de autoestima, si es que tal cosa es posible. 

Nos dejó dicho: People may say I can't sing, but no one can ever say I didn't sing. (La gente podrá decir que no canto, pero no podrán decir que no canté). Alguna utilidad ha de encerrar esta frase, aunque el reducido campo de nuestras posibilidades impida que nos aproveche en toda su dimensión heroica. 


Florence Foster Jenkins (1868-1944).




jueves, 16 de febrero de 2012

Ilión en un tren de cercanías



Todo el mundo leyó Seda, de Alessandro Baricco, antes que se acabaran los años 90. Muchas personas en el mundo consiguieron Seda para regalarlo a sus amigos y familiares en cumpleaños, navidades y años nuevos. También Seda sirvió y sirve para obsequiar a novios y novias, lo cual no es decir poco de un libro, en un tiempo en que pocos novios y novias leen.

Conocí en un tren esa fábula de pasiones silenciosas e infinitos gusanos tejedores. Es un libro pequeño que duró un trayecto más bien breve; el tiempo tiene un pacto con la letra. No comprendo cómo alguien puede no ponerse a leer durante un viaje, corto o largo. Se pueden olvidar otras cosas, pero un libro, no.

 Por alguna razón más bien extraña, muchos años después, tuve entre manos otro libro de Baricco en un nuevo viaje de tren: Homero, Ilíada, texto que el italiano adaptó e “intervino” en 2004, para ser leído en público, en Roma y Turín, que también fue transmitido por la radio. Lo comencé con desconfianza, el prólogo advertía que se eliminaban repeticiones “tan frecuentes en la Ilíada”, y algo que me pareció sacrílego: había sido abolida la intervención de dioses y diosas. Pero que las escenas, al menos las primordiales, no habían sido cercenadas.

Son personajes de la Ilíada quienes narran en primera persona la historia (las historias) en la adaptación de Baricco. No existe el narrador omnisciente. El Destino ejerce limitada acción sobre la trama, aunque Aquiles oscuramente conozca que se dirige a su aniquilación cuando marche al campo de batalla a vengar a Patroclo, por ejemplo.

Se puede reprochar que la muerte de Aquiles no aparezca en este texto adaptado para la lectura pública, aunque sí figura el pasaje del caballo famoso y la caída de Troya, narradas por un anciano aedo ante Ulises, situación que Baricco trasladó de la Odisea. Esta Ilíada es veloz en su testimonio, como impaciente, cruda en su dibujo. Entre los capítulos memorables, está el narrado por el río.

Entre Sants y Cambrils vi a Elena de Argos en lo alto de las murallas troyanas contemplando la misma batalla por diez años y también, desnuda, junto a Paris, hermoso y espantadizo; el cuerpo de Héctor siendo arrastrado por tres veces ante la puerta principal de su ciudad; elevarse el humo de animales y mozos ofrecidos al fuego por los aqueos en sacrificio a Zeus; al viejo Príamo pordioseando ante Aquiles el cuerpo de su hijo amado, cuando lloraron juntos; al joven Anticlo estrangulado por Ulises en el vientre del caballo de madera para que no gritase, y a Casandra exasperada y desoída, en cuyos ojos ardía Ilión antes de arder, y perros y aves se disputasen sangre y carne de los dos ejércitos.

Al cerrar el libro de Baricco dediqué mi lectura, es decir la emoción que regresa desde los días de Homero, a mi amiga Gabriela Hernández, consecutiva lectora de la Ilíada, mientras el tren de inmediaciones sucedía por la Costa Daurada en el helado atardecer de este San Valentín, más triste que un tango.  

martes, 24 de enero de 2012

Isleños, paisajes, bailes emigrantes




En los campos de Las Villas se asentaron muchos canarios. De ahí que haya en Manicaragua y Camajuaní tanto guajiro de ojos claros. Muchos se dedicaron al cultivo de tabaco,  a la caña de azúcar y a la venta ambulante. Sancti Spíritus, he leído, fue el territorio villareño con mayor densidad de población canaria.

Desde niño oía hablar de “los isleños”, sin que supiera –en realidad, ni me preguntaba– de dónde venían aquellas personas de piel colorá. Tener una abuela, un abuelo, una madre o un padre isleño era frecuente, al menos en Santa Clara. Gente testaruda y de malas pulgas quería decir isleño en mi infancia. Mi tozudez, por llamar de alguna manera a ese bonito rasgo personal, llega por la rama Guedes, tronco canario marcado por largos gobiernos matriarcales de mano dura.



Al rascar un árbol genealógico –práctica frecuente de un tiempo a esta parte cuando en Cuba “se ha puesto de moda” poner al día los ancestros hispanos– no es raro que aparezcan en las viejas actas toda clase de inexactitudes en nombres, apellidos, fechas. Una las razones de estos yerros es que cientos de mozos canarios decidieron emigrar antes que servir de carne de cañón en la guerra de Marruecos. Eso, en la última gran oleada de emigrantes que llegó al Caribe entre 1911 y 1927. Pero el trasiego de isleños a Cuba comenzó en el siglo XVII. Se dice fácil.


Hay numerosísimos cubanos hoy en esa tierra de españoles que no cecean. Entre las muchas semejanzas que tienen con los cubaniches es que dicen guagua y no autobús, y que gustan del “punto” y la décima improvisada. 


En los guateques disfruta, canta y toca la guajirada de las islas de allá y acá, bailando en parejas, “sacando agua del pozo”, pintoresca coreografía que soy incapaz de describir.


Mi querido y viejo amigo Víctor Fernández hizo hace muy poco este grupo de fotografías que, me dice, atrapa sólo “lo que tenía más a mano” de las extraordinarias visiones que ha tenido en las islas. En una de esas cimas elevaremos un día un enorme papalote coronel. Eso está escrito.