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viernes, 17 de febrero de 2012

Feijóo



Apareció una tarde en la imprenta donde yo trabajaba con una enorme caja de libros suyos y revistas Orígenes, Nadie Parecía, Verbum, Asomante, Sur... y vociferó ¡Poeta juvenil, me voy a Calcuta! ¡Tengo una jaba llena de cold cream pa que no me pesque la lepra!

Me hizo salir a la calle para mostrarme sus regalos y explicarme su táctica infalible para no enfermar en la India: me subo a un elefante y a nadie le doy la mano, ni al pachá. 

Escribió un montón de dedicatorias de aquellos impresos con burlonas variaciones de mi nombre saliendo de la boca de personas o animales con tres o cuatro ojos, de guitarras guajiras y de locos saxofones, hasta que se cansó. Entonces desapareció tal como había llegado. 

En una de aquellas viejas Orígenes, de las primeras, leí un texto suyo -poema en prosa- que no he vuelto a encontrar, delicadísimo, titulado La azalea de papel, fechado en los años 40, cuando apenas salía de su adolescencia.

Recuerdo muchas de las frases que le escuché en mis andaduras junto a él por Pelo Malo o Cerro Calvo, modestas colinas que bordean a Santa Clara. Una de ella es esta: El hombre que se aparta de la naturaleza, cae en la desgracia


Balada india de Samuel Feijóo


Una tarde en Calcuta
sobre el lomo
de un elefante posiblemente
de jade contemplando
a las fieras desde lejos –porque
el leopardo es muy lindo
pero te jama– con un sombrero
de yarey tejido en el único
gran Camajuaní que tiene el mundo
mientras todos reían
de mis ocurrencias –a menudo
sangrientas del adentro
tristísimo– me sorprende
la memoria de una azalea
de papel que vi
en mi infancia / flor que vive
en una hoja de revista
renace una vez
cada mil años
en las estanterías
de viejos inmortales
que trafican con pieles
de leopardo
y los escritos
que va dejando uno
por ahí, dispersos
como bohíos
en el campo.


(Recreos para la burocracia, ©Sigfredo Ariel, 2012)




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