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viernes, 17 de febrero de 2012

La peor de las peores

o acerca de la perversión de la autoestima



Regresábamos de una fiesta por la carretera vieja de Guanabacoa. Bajo la húmeda madrugadita, ella recibía aplausos y aplausos en la bocina de la reproductora del coche: inconcebible.

Despedazó primero La reina de la noche de La flauta mágica, de Mozart. Detrás de su voz, un piano batallaba por conservar cierta forma de decoro. Luego embistió a Verdi, acto seguido, a Strauss y después a Delibes, creo. Nota a nota, compás por compás, minuciosamente destrozados. La masacre musical continuaba su camino, impunemente. Del remoto público salieron bravos y más aplausos.

«Aunque no lo creas... fue un concierto en el Carnegie Hall», dijo sonriente Iván Giraud mientras conducía. Sin mirar alargó una mano hacia el control de audio para acallar un poco las aclamaciones de la invisible muchedumbre. «¿Qué te parece?» No respondí. Pero a partir de entonces quise saber todo lo posible acerca de la artista que por primera vez escuché esa noche.

Desde niña deseó convertirse en diva aunque las condiciones canoras brillaban por su ausencia. Para hacer su sueño realidad contó con una crecida suma que consiguió tras la separación de su adinerado marido –de quien nunca se divorció– y más tarde, la herencia que le dejó su padre. Ambos señores intentaron en vano disuadirla para que abandonara (dejara en paz) el canto, pero ella no era de las que se dejaban convencer.

Ofreció su primer recital en 1912, a los cuarenta y cuatro años de edad. A partir de entonces actuó, sobre todo, en escenarios de Newport, Washington y Boston. Las ganancias obtenidas iban a parar a organizaciones benéficas y a jóvenes músicos con apremios monetarios. Una vez al año cantaba en el vestíbulo del  Hotel Ritz-Carleton ante ochocientas personas convocadas por rigurosa invitación. Gustaba de los misterios y se reservó el nombre de su modisto, su peluquero y de su profesor de canto. 

En su repertorio erraban arias de ópera, canciones líricas, un grupo de composiciones escritas especialmente para ella, y alguna que otra pieza popular, como el cuplé Clavelitos, de Joaquín Valverde, que desgraciadamente no llegó a grabar, aunque fue uno de sus grandes éxitos. No me resisto a copiar aquí el testimonio de su sacrificado y fiel pianista Cosme McMoon, quien la admiraba:

«Insistía en tener una música introductoria, que le permitiera bailar un paso español en el estilo del fandango, una vez que aparecía sobre el escenario vestida con un enorme peinetón, una mantilla y un chal, y llevando una canasta llena de claveles rojos. A lo largo de la canción iba arrojando las flores al público, mientras recibía aplausos y gritos de ‘¡Ole!’ Esto, por supuesto, generaba un pandemonio por el que se veía obligada, casi siempre, a repetir el número al final de sus presentaciones. Y como había tirado todos los claveles, entonces solía pedirle al público que se los devolviera para poder hacer el bis como era debido. De este modo, muchos se los acercaban al escenario o se los arrojaban desde la platea, y sólo cuando volvía a llenar la canasta comenzaba de nuevo.»

Entre la alta sociedad de Filadelfia fundó el exclusivo Verdi Club, donde se impartían lecciones de música y se presentaban conciertos de celebridades de la época, como Enrico Caruso y Marion Talley. 

Organizaba galas en las que intervenía no sólo como cantante, sino en "cuadros vivientes" de escenas mitológicas, históricas o literarias en los cuales reservaba para sí, invariablemente, el rol de la heroína, Venus, Madame DuBarry o Brunilda. 

La llamaron “La primera dama de la escala deslizante” (First Lady of the Sliding Scale) y al parecer lo tomó como un cumplido. Nos dejó grabada, como testimonio de su disposición como compositora e intérprete, su lieder Like a Bird.



El anuncio de un recital de Florence Foster Jenkins en el Carnegie Hall en octubre de 1944 provocó una avalancha de público en las taquillas del teatro. Las entradas se revendían, triplicado y cuatriplicado su precio original. El provecho económico del concierto fue destinado al personal de servicio del teatro. 

Uno de los vestidos que estrenó en esa ocasión poseía unas enormes alas: “El ángel de la inspiración”, alguien explicó. Así aparece en la portada de –The Glory (????) of Human Voice (RCA Victor)– codiciado tesoro de coleccionistas, que recoge una docena de grabaciones suyas y de otros y otras "rivales". No se puede creer. 

Al mes de su concierto en el Carnegie Hall cerró los ojos para siempre. Sus últimas palabras fueron: Debió haber sido el pollo a la crema.

Hay quien dice que "el caso Lady Florence" fue una tomadura de pelo que duró treinta y tantos años. Yo creo que no, que fue un prodigio de autoestima, si es que tal cosa es posible. 

Nos dejó dicho: People may say I can't sing, but no one can ever say I didn't sing. (La gente podrá decir que no canto, pero no podrán decir que no canté). Alguna utilidad ha de encerrar esta frase, aunque el reducido campo de nuestras posibilidades impida que nos aproveche en toda su dimensión heroica. 


Florence Foster Jenkins (1868-1944).




1 comentario:

  1. ...esta señora, SIG, es realmente un chiste...Por primera vez en TODA MI VIDA, he escuchado "Queen of the Night" de Mozart con una FORMIDABLE y ¿envidiable? DESAFINACION...¡¡¡que HORRRRROOOOORRRRR...!!!

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